
Poesía de María Eugenia Caseiro
La noche tiene garras de animales violentos
tiene una fuerza viva de muertos y de sombras.
Tiene la noche un saldo incontable de ausencia
y una sola vereda para andarla en silencio.
Asoma a la ventana fortuita de la noche
el festival de sombras con sus carrozas viejas
de sueños malgastados y putas macilentas,
un Dios anquilosado que duerme y no se espanta
ante el crimen sin nombre del perro con dos rabos.
La noche causa insomnio, causa hambre, acongoja;
tiene un tren que no sale del espacio marcado.
Tiene la noche un puente por donde escapa el tiempo
que de niña contaba despierta con urgencia.
Ya no hay una terraza para sentarse al pairo
del viento de la noche y sus garras hoy entran
a buscar el destino que se duerme en la fuente
y tiembla con el agua de las palabras sueltas.
Se asoma a la ventana fortuita de la noche
el cascabel del muerto que suena y se menea
para mostrar que sabe donde se encuentra el oro
de los sueños perdidos que habitaron la patria
de la infancia, ya vieja, y sirvieron de canto
a las enredaderas por donde las crisálidas
retornaron al sesgo de sus vidas antiguas,
a la noche, a sus sombras..., mientras la luna angosta
ensartaba una almohada cercenando la oscura
premonicion del polvo, ceniza de las horas.